Richard Linklater es uno de esos directores que, a pesar de la industrialización del cine, de las prisas y de lo difícil que resulta conseguir financiamiento, siempre ha demostrado que hace las películas que quiere hacer, a su propio ritmo. Su filmografía es una prueba constante de eso. Desde Boyhood (2014), rodada a lo largo de doce años siguiendo el crecimiento real de un personaje, hasta la trilogía Before —Before Sunrise (1995), Before Sunset (2004) y Before Midnight (2013)—, Linklater ha construido una carrera donde el tiempo, la conversación y la observación de lo humano son el verdadero motor narrativo.
Este año nos regala Nouvelle Vague, una película que se adentra en el surgimiento de la Nueva Ola Francesa, centrada específicamente en el proceso de gestación de À bout de souffle (Sin aliento, 1960), dirigida por Jean-Luc Godard. Cuando supe que iba a hacer esta película, mi reacción inicial fue de escepticismo. Me pregunté si realmente necesitábamos volver sobre la Nouvelle Vague, un territorio tantas veces revisitado y, a veces, cargado de una solemnidad casi intimidante. Me acerqué con distancia, consciente de ese prejuicio que suele acompañar todo lo que se ha canonizado en exceso.
Pero, como suele pasar con las buenas películas, dejé eso a un lado. Abandoné la mirada cínica y egoísta de espectadora y me dispuse, simplemente, a dejarme llevar.
La Nouvelle Vague fue, ante todo, una respuesta a una forma de hacer cine. Y aquí el contexto importa. Surgió a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, cuando un grupo de jóvenes críticos y cinéfilos —muchos de ellos vinculados a Cahiers du Cinéma— decidió pasar de la teoría a la práctica. Amaban el cine de manera obsesiva, lo discutían con fervor y reaccionaban contra un cine industrial, grandilocuente y costoso que dominaba tanto Hollywood como buena parte del cine francés de la época.
Mientras Hollywood perfeccionaba el espectáculo, los grandes estudios y la maquinaria tecnológica, estos cineastas se preguntaban dónde estaba la vida real, dónde estaban las tensiones de su tiempo, cómo se reflejaban en pantalla las crisis políticas, sociales y existenciales de una generación marcada por la posguerra y los cambios culturales. La Nouvelle Vague entendió que no hacía falta tener grandes presupuestos para contar historias: bastaba una cámara, las calles, actores disponibles y una urgencia genuina por filmar.
Ese fue su verdadero gesto político y creativo: contar historias cotidianas, reflejar la complejidad del ser humano, filmar de manera artesanal, con lo que se tiene y sin pedir permiso. Era un cine crítico, pero también lúdico, profundamente experimental. Jugaban con el lenguaje, con el montaje, con el sonido, con la improvisación.
Jean-Luc Godard ocupa un lugar casi mítico dentro de este movimiento. Para muchos cinéfilos, él y sus contemporáneos funcionan como una suerte de santos patronos del cine moderno. El ritual de iniciación pasa inevitablemente por sus películas. En el momento en que se sitúa Nouvelle Vague, Godard estaba desesperado por hacer su primer largometraje. Ya había realizado cortos y escrito extensamente sobre cine, pero veía cómo sus amigos avanzaban: François Truffaut había estrenado Los 400 golpes (1959), Claude Chabrol ya tenía películas hechas. Godard sentía que llegaba tarde.
Ver cómo Linklater reconstruye la concepción de À bout de souffle resulta refrescante. Se percibe la energía de un movimiento que fue revolucionario, que incomodó a muchos y que rompió reglas sin pedir disculpas. Filmaban en la calle, sin equipos técnicos complejos, ni preocuparse si aparecía un micrófono o un boom en el encuadre. No trabajaban con un guion cerrado: todo era espontáneo, conversado, vivo.
Ciertamente, en Nouvelle Vague se hace tangible el estilo y el ritmo que Godard impregnó en su cine. La cámara en mano, los planos largos, el blanco y negro no solo remiten a una estética reconocible, sino que capturan ese momento histórico a nivel audiovisual. Hay una voluntad clara de mimetizar la forma, de reproducir no solo el espíritu sino también los gestos: casi calcando momentos icónicos de À bout de souffle, escenas que se han vuelto fundamentales en la historia del cine y que aquí reaparecen como referencia directa, especialmente ese inicio godardiano que condensa una manera distinta de mirar y de filmar.
La película muestra ese proceso creativo, incluida la relación de Godard con Jean Seberg, la actriz estadounidense que se integra a un cine radicalmente distinto, lejos de los estudios, del maquillaje, del vestuario controlado y de las jerarquías rígidas. Godard le explicaba el día a día: hoy haremos esto, luego aquello, y vemos qué pasa. De ese caos controlado nació À bout de souffle: una película espontánea, caótica, irreverente, que definió su estilo como el de un cineasta que hacía exactamente lo que quería y que experimentaba sin miedo.
Digo que Godard es un santo patrono porque ha sido profundamente reverenciado, pero también porque —como buen Cahierista— fue irreverente y, en muchos sentidos, destructivo. Su frase más citada resume bien esa postura: todas las películas tienen un inicio, un desarrollo y un final, pero no necesariamente tienen que filmarse en ese orden, ni mucho menos proyectarse así. Esa idea sigue siendo clave para entender muchas de las narrativas que se salen del esquema clásico de los tres actos y, también, para leer esta película desde un lugar menos complaciente.
Linklater no se limita al homenaje. Hay una lectura clara desde el presente. En 2025, el cine vuelve a enfrentarse, una vez más, a la amenaza de su posible desaparición tal como lo conocemos. El cine siempre ha estado en crisis, pero hoy esa amenaza se siente distinta. Lo digo desde un país con una ley de incentivos donde, irónicamente, se asume que si no se manejan cifras altísimas de presupuesto, prácticamente no se puede hacer una película con apoyo estatal.
La pregunta que parece lanzar Linklater —con cierta ironía— es sencilla y punzante: ¿queremos contar historias o queremos hacernos ricos contando historias? La Nouvelle Vague fue una respuesta clara en su tiempo. Más adelante lo fue Dogma 95. Hoy, cuando todo el mundo tiene una cámara en el bolsillo, esa pregunta vuelve a cobrar sentido.
Por eso Nouvelle Vague se siente arriesgada y oportuna. No intenta replicar el pasado, sino dialogar con él. Linklater es consciente de que ya no se puede filmar como en 1960, pero apuesta por actores en su mayoría poco conocidos, por una puesta en escena honesta y por un recordatorio directo: lo esencial sigue siendo el impulso de contar historias, como se pueda y con lo que se tenga.
Lo irónico es que una película que reflexiona sobre filmar a la libre, sin dinero y fuera de la industria termine existiendo —y circulando— dentro de una plataforma como Netflix. C’est la vie.




Ficha técnica
- Dirección: Richard Linklater
- Guion: Holly Gent, Vincent Palmo Jr.
- Reparto: Guillaume Marbeck, Zoey Deutch y Aubry Dullin.
- Producción: Michèle Pétin, Laurent Pétin
- Fotografía: David Chambille (blanco y negro)
- Montaje: Catherine Schwartz
- País: Francia
- Idioma: Francés
- Estreno mundial: Selección Oficial, Festival de Cannes 2025
- Fotos: IMDB.

Productora y conductora del podcast Cinependiente RD.
Miembro fundador de ADOPRESCI.
Dahiana Acosta, forma parte del Colectivo Artístico Cinependiente desde el año 2015, ha sido la productora y editora del programa radial Cineasta Radio (2017-2021) y ahora, del Podcast Cinependiente y editora de su página web. Desde el 2019, es miembro de la ASOCIACIÓN DOMINICANA DE PRENSA y CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA, ADOPRESCI y actualmente es su presidente. Además, coordina junto a Cinemateca Dominicana la programación del Cinefórums que modera ADOPRESCI y participa en el programa radial “12 y 2”, en su segmento de cine de cada jueves. También, ha sido Jurado de la Semana + Corta, Festival Internacional de Cine LGBT+, Santo Domingo OutFest, Festival de Cine Fine Arts,entre otros y ha dado cobertura a los festivales internacionales: Miami Film Festival y New York Film Festival.
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