CRÍTICA: EL AGENTE SECRETO

CRÍTICA: EL AGENTE SECRETO

Kleber Mendonça Filho vuelve a Recife como quien vuelve a un lugar que lo conoce demasiado. No regresa para romantizarlo ni para convertirlo en postal: regresa para mostrar cómo una ciudad puede ser refugio y, al mismo tiempo, un mecanismo de persecución. El agente secreto se sitúa en el Brasil de la dictadura militar, pero evita el camino más transitado del cine político latinoamericano: aquí no se trata —al menos no en primera línea— del héroe que lidera una resistencia, ni del mártir en modo consigna. Se trata de algo más incómodo y más cercano: gente común intentando vivir su vida normal y descubriendo que ya no existe “vida normal” cuando el poder se mete hasta en lo cotidiano.

En 1977, Armando Solimões (Wagner Moura), exprofesor y viudo, llega a Recife durante el Carnaval. Viene huyendo, con el cuerpo en estado de alerta y el pasado pegado a la espalda. Entra al relato como quien entra a una casa apagando las luces, cuidando el ruido de los pasos. En la ciudad lo reciben redes de solidaridad —esas que no salen en los libros, pero sostienen la vida de los que se esconden— y lo colocan bajo una identidad alterna: Marcelo.

La película insiste en una idea: en un sistema corrompido, nadie está a salvo por “ser inocente”. La persecución no necesita razones morales; le basta con que afectes un interés, con que te conviertas en una molestia, con que tu existencia cruce una línea invisible.

Mendonça Filho filma Recife como un cuerpo vivo: hermoso, caluroso, saturado, festivo, y al mismo tiempo atravesado por la vigilancia. Esa contradicción —Carnaval arriba, amenaza abajo— vuelve más inquietante la experiencia. No es una ciudad que “acompaña” la historia: es una ciudad que la empuja, que la distorsiona, que la vuelve un laberinto.

Lo más duro es que esa violencia no aparece como “un monstruo” afuera de la sociedad. Aparece como clima. Como humedad. Como cosa normalizada que se filtra por todo: trabajo, calle, familia, deseo, rumor. Ese sepia que ya forma parte del imaginario cinematografico brasileño creado en Ciudad de Dios, 2022.

Hay, además, un gesto que no es decorativo: el suegro de Armando es proyeccionista. Y ese oficio —caluroso, agotador, poco glamoroso— funciona como un retrato de época. Aquí el cine no es pose; es rutina física, es sudor, es una sala que aguanta como puede. Y aun así, el cine también es refugio: un lugar donde la gente se sienta, mira, se olvida un rato… o recuerda sin querer.

Y entonces aparece Tiburón. No como simple guiño cinéfilo, sino como metáfora carnívora: la investigación de una pierna humana dentro de un tiburón tigre se convierte en un rumor con vida propia, en una leyenda urbana que corre por la ciudad como si el horror real necesitara disfrazarse de espectáculo para poder circular.

Hay una escena donde esa pierna vuelve como aparición, casi como chiste macabro, casi como delirio de película de terror: lo absurdo no le quita gravedad; al contrario, la vuelve más punzante, porque te recuerda cómo se administra el espanto cuando ya es demasiado cotidiano. La película juega con esa idea de forma incómoda: el cuerpo desaparecido regresa en fragmento, y el fragmento se vuelve historia repetida, consumida, deformada.

También hay una conversación silenciosa —pero obstinada— sobre la identidad como último territorio. No la identidad burocrática, no el nombre como trámite: la identidad como dignidad, como ese núcleo que no deberían poder tocarte. ¿Quién eres? Tu persona, lo que piensas, lo que entiendes, ese principio íntimo que sostiene la idea de ti. ¿Cómo te llamas? Y la respuesta es definitoria.

Por eso la película es tan irónica: para sobrevivir, Armando tiene que volverse “Marcelo”, jugar el juego del camuflaje, aceptar que el Estado te rehace a punta de papeles; pero en paralelo, su brújula íntima lo empuja hacia el lugar donde el país archiva quién es cada quien. Busca a su madre justo en el mismo engranaje que fabrica identidades. El refugio es también oficina. La salvación pasa por el mismo pasillo donde se administra el borrado. Y esa reiteración no es un subrayado: te está diciendo que, en ese Brasil —y en este continente—, el poder no solo persigue cuerpos; también disputa nombres, historias, pertenencias. La desaparición es total.

La escena más dura —por simple, por seca— llega desde el futuro, cuando una investigadora que está transcribiendo las cintas que contienen interrogatorios de esa época conecta con el hijo de Armando. Y él suelta una frase que funciona como disparo silencioso: no recuerda a su padre. No es solo un duelo individual. Es el punto más cruel del relato: el peligro del olvido colectivo. Me hablaron muy poco de su historia, tal vez en un afán de protegerlo, prefirieron que le abrazara un vago recuerdo. Un país puede sobrevivir a la violencia; lo que lo deja indefenso es sobrevivir sin memoria, como si la sangre no hubiera pasado por ahí.

En Aún estoy aquí, de Walter Salles, se plantea la imposibilidad del olvido para aquellos que sufrieron el trauma de ese periodo sangriento; Mendonça plantea la posibilidad de esa lejanía y desconexión de las generaciones recientes frente al pasado.

Wagner Moura sostiene todo esto con una actuación contenida. Dice poco, y aun así su rostro hace el trabajo sucio: la vigilancia permanente, la ansiedad que no se apaga, el cansancio moral de cargar una identidad prestada. No está “actuando” el miedo con gestos grandes; lo está respirando.

El agente secreto no pide compasión por sus personajes: pide atención. Te hace mirar cómo una sociedad aprende a convivir con lo monstruoso, cómo el poder se vuelve paisaje, cómo el miedo se administra. Y, sobre todo, te deja una advertencia incómoda: el olvido puede ser aún más peligroso que la herida, porque la herida al menos duele; el olvido, en cambio, se instala como costumbre.

Una apuesta segura de Brasil, que ha consquistado esta temporada de premios estadounidenses. Veremos qué sorpresas nos dará el Óscar. La suerte está hechada.

Ficha técnica  

  • Título: O Agente Secreto (The Secret Agent)
  • Dirección y guion: Kleber Mendonça Filho
  • Protagonista: Wagner Moura
  • Países: Brasil / Francia / Países Bajos / Alemania
  • Año: 2025
  • Duración: 158 min

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