Train Dreams sigue la vida de Robert Grainier (Joel Edgerton), un hombre moldeado por el trabajo físico y por una época que cambia a golpe de rieles: entre la tala y la construcción ferroviaria, va entendiendo el mundo con el cuerpo, con la mirada y con lo que calla. Se casa con Gladys (Felicity Jones) y construye un hogar que la película filma como si fuera una burbuja de luz —ese tipo de luz que, en cine, casi siempre anuncia que viene algo demasiado oscuro— y, cuando el destino lo golpea, Robert queda anclado a un mismo paisaje, no tanto por decisión como por el peso de la memoria.
En ese transcurso aparece Claire Thompson (Kerry Condon), trabajadora de servicios forestales, como una conexión concreta hacia “lo de afuera”: una presencia que no rompe su aislamiento, pero sí lo subraya, como recordatorio de que incluso el ermitaño está atado a los demás, aunque sea por hilos casi invisibles. Pudiera decirse que es la película de un ermitaño, pero hay en ella una conexión con lo colectivo. Es el hombre más el bosque… y el resultado es la tierra: el entorno donde vivimos, lo que nos sostiene y también lo que nos recuerda que somos mínimos.
Robert vino —o más bien llegó— a hacer lo mejor que podía, literalmente con sus manos. Su oficio de cortador de madera tiene algo de arquetipo: hombres fuertes, necesidad industrial, modernización avanzando como un tren. Y justo ahí la película empieza a hablar bajito, sin pirotecnia: te llama hacia lo pequeño, hacia lo natural, hacia ese “menos” que termina pesando más.
Hay una lógica que el cine nos ha entrenado a reconocer: cuando el inicio se llena de preciosismo, de paisaje, de luz, de una cotidianidad feliz rodeada de amor, uno siente que algo terrible viene en camino. Aquí llega. Y cuando llega, no lo hace con espectáculo, sino con una tristeza que se queda pegada a la piel, como el humo después de un incendio. El tren funciona como símbolo y como destino: paso del tiempo, promesa de progreso, ruta que conecta… y a la vez distancia. Porque el tren también es eso que te mueve de un lugar a otro, y que a veces te deja fuera de tu propia vida.
La fotografía es tan táctil que uno siente la brisa en la cara y percibe la textura de la madera trabajada. Esta presencialidad —esa falta de distancia entre la pantalla y el espectador— me llevó a investigar qué tenía esta fotografía, y encontré que se rodó con el sensor Arri Alexa 35; pero más allá del dato técnico, lo que importa es el efecto: esa cercanía casi física con el entorno, como si la luz no solo iluminara, sino que rozara las cosas. Lástima que se desperdiciara viéndola en la televisión.

Es un cine que confía en la observación: no hay demasiados diálogos porque Robert aprendió a mirar y a escuchar como forma de entender el mundo. Y eso, para un espectador distraído —educado en el golpe de efecto, secuestrado en el scrolling y el manual de los tres actos— puede ser un muro. Pero para esos días en que uno quiere ver algo distinto y está dispuesto a entregarse a la atención, la película se vuelve una experiencia física.
Esta es una adaptación que viene de la literatura, y se nota. Hay una interiorización constante, una voz que te mete dentro sin explicarte demasiado, como si el relato te colocara en el centro de la pregunta moral: “si yo fuera ese hombre, ¿qué haría?” Porque Robert se aleja de su familia para trabajar, para producir, para sostener… y esa es una trampa antigua: la de creer que el amor se demuestra con dinero y no con presencia. Al final, el golpe emocional es ese dilema de los proveedores: no necesitábamos que produjeras dinero; necesitábamos que estuvieras aquí con nosotros.
La dirige Clint Bentley, que ya venía afinando una mirada de cineasta paciente: historias de gente común filmadas con una sensibilidad casi táctil, sin subrayados de más. Aquí, además, se siente el control de tono: un relato íntimo dentro de un mundo grande, con el paisaje no como “postal”, sino como destino.
En esta temporada de premios, Train Dreams llega fuerte a la conversación grande: acumula cuatro nominaciones al Óscar, incluyendo Mejor Película y Guion Adaptado, además de menciones a Fotografía y Canción Original.
FICHA TÉCNICA
Dirección: Clint Bentley.
Guion: Clint Bentley y Greg Kwedar. Basada en la novela corta Train Dreams (2011), de Denis Johnson.
Reparto: Joel Edgerton (Robert Grainier), Felicity Jones (Gladys), Kerry Condon (Claire Thompson), Clifton Collins Jr., William H. Macy.
Fotografía: Adolpho Veloso.
Montaje: Parker Laramie.
Música: Bryce Dessner.
Duración: 102 min.
Estreno en Netflix: 21 de noviembre de 2025.

Productora y conductora del podcast Cinependiente RD.
Miembro fundador de ADOPRESCI.
Dahiana Acosta, forma parte del Colectivo Artístico Cinependiente desde el año 2015, ha sido la productora y editora del programa radial Cineasta Radio (2017-2021) y ahora, del Podcast Cinependiente y editora de su página web. Desde el 2019, es miembro de la ASOCIACIÓN DOMINICANA DE PRENSA y CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA, ADOPRESCI y actualmente es su presidente. Además, coordina junto a Cinemateca Dominicana la programación del Cinefórums que modera ADOPRESCI y participa en el programa radial “12 y 2”, en su segmento de cine de cada jueves. También, ha sido Jurado de la Semana + Corta, Festival Internacional de Cine LGBT+, Santo Domingo OutFest, Festival de Cine Fine Arts,entre otros y ha dado cobertura a los festivales internacionales: Miami Film Festival y New York Film Festival.
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