CRÍTICA – FESTIVAL DE CINE FINE ARTS HECHO EN RD – LA CORTA VIDA DE LAS FLORES

Tienes miedo a crecer, te falta valor,
No sabes decidir, y no te das cuenta que a mí
Se me pasa la vida, se me pasan los años,
Se me pasa el amor…

Ahora decide, Pimpinela, 1984.

Hay géneros cinematográficos que uno descubre que le gustan después de haber visto suficientes películas. En mi caso, recientemente me he dado cuenta de que tengo una debilidad particular por uno que no sé si existe oficialmente, pero que he decidido llamar el «género Pimpinela».

Se trata de esas historias en las que una pareja pasa gran parte del tiempo diciéndose todo aquello que llevaba años guardando. Películas donde los personajes se reprochan, se hieren, se confrontan y se obligan mutuamente a mirar aquello que han preferido evitar. Me ocurrió cuando volví a ver ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966), de Mike Nichols, y recordé inmediatamente Historia de un matrimonio (2019), de Noah Baumbach. Ahora me vuelve a pasar con La corta vida de las flores, la primera ficción de Pablo Lozano.

Este año, el cine dominicano ha mostrado una inclinación particular por las historias de parejas. Propuestas como Apartamento, interior, noche, de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, o Animales, de José Ramón Alama, confirman que los realizadores parecen haberse desprendido de los artilugios efectistas para concentrarse en la tediosa cotidianidad.

La película nos presenta a Roxanna (Judith Rodríguez) y Rommel (Héctor Aníbal), una pareja que espera la llegada de su primer hijo. Mientras se preparan para el parto acompañados por una doula llamada Nube (Isabel Spencer), ambos se ven obligados a enfrentar las conversaciones pendientes que han acumulado durante años. Lo que inicia como una preparación para recibir a un bebé termina convirtiéndose en una revisión profunda de la relación, de los roles que cada uno ha asumido y de las heridas que todavía permanecen abiertas.

Fotograma de La corta vida de las flores, 2026.

Antes de hablar de los personajes, vale la pena detenerse en Pablo Lozano. Después de su trabajo documental De Sicilia a Santo Domingo (2024) y de una trayectoria vinculada a proyectos independientes dominicanos como Candela (2021) o Pepe (2024), esta ópera prima funciona como una declaración de intenciones. Siempre he dicho que las primeras películas suelen contener los temas que acompañarán a un director durante buena parte de su filmografía. Son películas donde el cineasta deposita aquello que realmente le interesa observar del mundo.

En este caso, Lozano apuesta por algo que requiere mucha seguridad: una historia sostenida principalmente por diálogos, por silencios y por actores. No hay grandes artificios. No hay distracciones. Hay una conversación emocionalmente compleja desarrollándose dentro de un espacio reducido. Y para lograrlo se necesita una enorme confianza tanto en la historia como en las herramientas del lenguaje cinematográfico, para evitar a toda costa caer en el teatro filmado.

La película se toma su tiempo para presentarnos el apartamento que habitan Roxanna y Rommel. Antes de que los personajes ocupen completamente la pantalla, conocemos los objetos que los rodean, los espacios donde trabajan, los rincones donde se refugian. El diseño de producción merece una mención especial porque construye un hogar que parece vivido, habitado y coherente con quienes lo ocupan. Aunque hay que admitir que el área que da el exterior resulta artificioso y rompe ligeramente la sensación de naturalismo que domina el resto de la puesta en escena.

Roxanna es florista. Su estudio está lleno de materiales, flores y elementos que revelan una sensibilidad artística particular. Rommel, por su parte, tiene su espacio creativo alrededor de la música, el piano y la composición. Cada rincón parece hablarnos de ellos incluso cuando no están presentes. Nuestro cine ha evolucionado muchísimo en este departamento, y esta película es una buena muestra de ello.

Pero el verdadero corazón de La corta vida de las flores está en sus personajes.

Judith Rodríguez encuentra en Roxanna uno de los personajes más complejos de su carrera. Ella se encuentra en un punto de madurez profesional en el que tiene completo dominio de su oficio. Sin estridencias. Con naturalidad.

Roxanna es una mujer atravesada por una idea que resume gran parte de su conflicto: «Yo soy la que cuida. Siempre lo he sido». Esa frase se quedó conmigo mucho después de terminar la película.

Porque no habla solamente de su relación con Rommel. Habla de una forma de estar en el mundo. Da la impresión de que Roxanna proviene de una larga línea de mujeres acostumbradas a hacerse cargo de los demás antes que de sí mismas. Mujeres fuertes, pero también agotadas. Mujeres que aprendieron a resistir antes que a pedir ayuda.

Por momentos sentí que dentro de Roxanna habitaban muchas de las mujeres que Judith Rodríguez ha interpretado anteriormente. No de forma literal, sino como una especie de memoria emocional acumulada. Como si la experiencia de todos esos personajes terminara concentrándose en esta mujer que enfrenta uno de los momentos más determinantes de su vida.

Y es que Roxanna carga con mucho más que un embarazo. Carga con la ansiedad del futuro, con la incertidumbre de lo que viene y con la sensación de que la persona que tiene al lado quizá no está preparada para asumir las responsabilidades que se acercan. También carga con la presencia de alguien que ya no está.

Hay un fantasma emocional que atraviesa toda la película. Un ausente que entra y sale constantemente de la conversación. Una relación del pasado que parece haber quedado suspendida en el tiempo y que, precisamente por haber terminado antes de tiempo, permanece protegida de las pequeñas erosiones de la cotidianidad.

Mientras Rommel existe en el terreno de las cuentas por pagar, los desacuerdos y los defectos visibles, ese recuerdo permanece intacto. Idealizado. Es el reverso silencioso de los reproches y el desgaste de vivir atrapados entre la rutina, las cuentas y los proyectos: una posibilidad que nunca tuvo que enfrentarse al desgaste de la vida diaria, dejando a la pareja actual atrapada en una convivencia permeada por el tedio y profundamente abrumada por el futuro.

Frente a ella está Héctor Aníbal como Rommel.

Me gustó mucho lo que hace aquí porque encuentra un equilibrio muy difícil. Rommel es un hombre que, en otras manos, podría resultar insufrible. Sin embargo, Héctor Aníbal consigue que también sea profundamente humano. Le aporta una ligereza muy propia, una naturalidad que aligera la tensión de muchas escenas sin restarles profundidad. Su presencia funciona como contrapeso de la intensidad emocional de Roxanna.

Rommel es un artista que tuvo éxito en algún momento y que todavía parece vivir bajo la sombra de esa etapa. Es alguien que no se toma demasiado en serio las estructuras tradicionales de la vida adulta. El compromiso, las responsabilidades y las obligaciones parecen resultarle conceptos lejanos. Pero Lozano nunca lo convierte en un villano. Por el contrario, le concede espacio para explicar su propia frustración.

Si Roxanna siente que ha pasado demasiado tiempo sosteniendo la relación, para Rommel ha transcurrido siendo contenido por ella. Cuando le dice que ella ha sido un ancla para él, la película abre una conversación mucho más compleja de lo que parece a simple vista.

Porque detrás de esa acusación no hay únicamente inmadurez ni una resistencia infantil al compromiso. También hay una frustración profunda. Rommel parece vivir bajo el peso de una promesa que nunca terminó de cumplirse. Fue un artista que conoció el reconocimiento, pero que ahora observa cómo la vida cotidiana le exige responsabilidades para las que nunca se preparó del todo. Mientras Roxanna carga con el miedo de que el futuro se derrumbe, él carga con la sensación de que una parte importante de sí mismo se quedó detenida en el pasado.

Quizá por eso se aferra tanto al presente. No porque ignore las consecuencias de sus actos, sino porque es el único lugar donde todavía puede sentirse libre de las expectativas que lo persiguen. Héctor Aníbal logra transmitir esa mezcla de encanto, coolness, fragilidad y evasión sin buscar la simpatía del espectador. Y es precisamente ahí donde encuentra la complejidad del personaje.

Porque ambos tienen razones para sentirse como se sienten. Y ahí aparece una de las lecturas más interesantes de la película.

Más allá del embarazo o de la llegada de un hijo, La corta vida de las flores termina hablando sobre los roles que hombres y mujeres asumen dentro de una relación. Sobre quién sostiene emocionalmente el vínculo, quién asume las responsabilidades cotidianas y quién tiene margen para equivocarse sin que el equilibrio se rompa.

Roxanna vive pendiente del futuro. Rommel vive instalado en el presente. Ella anticipa problemas. Él intenta sobrevivir al día de hoy, porque es el que tiene para vivir. Ella siente el peso de la responsabilidad. Él defiende la libertad. La convivencia ocurre precisamente en el choque entre esas dos maneras de entender el mundo.

En medio de ellos aparece Nube, interpretada por Isabel Spencer.

Su personaje funciona como catalizador. Es quien provoca las preguntas incómodas y quien obliga a los protagonistas a verbalizar aquello que llevan demasiado tiempo evitando. Hay algo profundamente tranquilizador en su presencia. Su voz, su forma de escuchar y su manera de intervenir generan la misma sensación que busca transmitir a los personajes: detenerse, respirar y escucharse realmente.

También merece reconocimiento el trabajo de Juan Antonio Bisonó en el guion. La oralidad sigue siendo uno de los grandes retos del cine dominicano y aquí las conversaciones fluyen con una naturalidad poco frecuente. Los personajes hablan como personas reales, la dominicanidad aflora en los picos adecuados. No parecen estar recitando ideas. Es parte de sus vidas.

Y eso permite que la película consiga algo muy difícil: hacernos sentir que estamos sentados en esa sala acompañando la discusión. Hay en todo este filme una sensación de verdad, muy personal.

Al final, el título resulta más revelador de lo que parece. Roxanna trabaja rodeada de flores. Construye belleza con algo destinado a desaparecer. Y de alguna manera eso también define la película. Las flores tienen una vida breve. Su belleza existe precisamente porque es efímera. No están hechas para permanecer para siempre. Están hechas para recordarnos la importancia de estar presentes mientras duran.

Quizá ahí resida la verdadera apuesta de La corta vida de las flores. No en la promesa de que el amor basta para resolver los conflictos ni en la certeza de que el futuro será mejor. La película parece sugerir algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: que las relaciones se construyen en el presente. Que antes de preocuparse por lo que vendrá mañana hay que encontrar la manera de habitar el hoy, porque el ayer es una carga muy pesada. Roxanna y Rommel no terminan porque hayan encontrado todas las respuestas, sino porque deciden seguir haciéndose las preguntas juntos. Como si entendieran que algunas historias no sobreviven gracias a las certezas, sino porque hay algo que, sencillamente, no se puede olvidar.

En la sexta edición del Festival de Cine Fine Arts Hecho en RD, La corta vida de las flores fue reconocida con los premios a Mejor Película, Mejor Actriz (Judith Rodríguez), Mejor Actor (Héctor Aníbal) y Mejor Guion (Juan Antonio Bisonó).

Ficha técnica

Título: La corta vida de las flores
Año: 2026
País: República Dominicana
Género: Drama
Duración: 85 minutos
Idioma: Español

Dirección: Pablo Lozano
Guion: Juan Antonio Bisonó
Producción: Juan Antonio Bisonó, Jordi Gassó
Producción ejecutiva: Albert Martínez Martín, Rafael Elías Muñoz, Andrés Rodríguez

Elenco: Judith Rodríguez (Roxanna), Héctor Aníbal (Rommel), Isabel Spencer (Nube), Yasser Michelén (Arturo), Carlota Carretero, Inti Santana y Lidia Ariza.

Dirección de fotografía: Pedro Juan López (PJ López)
Diseño de producción: Lorelei Sainz
Edición: Erik Alfredo Martínez
Diseño de vestuario: Laura Guerrero
Diseño de sonido: Alain Muñiz
Música original: Andrés Rodríguez

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