CRÍTICA – TEATRO – HABEMUS PAPA

Hay nombres que cargan expectativas, y en el teatro dominicano uno de ellos es Guillermo Cordero. No es solo que produzca montajes de calidad; es que hay un sentido de excelencia asociado a su firma, una convicción de que lo que se va a ver en escena está pensado con rigor y con una visión que empuja el límite de lo posible. Habemus Papa responde a esa tradición, pero también se siente como algo distinto: una obra atípica, una de esas piezas que uno no sabía que necesitaba hasta que aparece frente a uno.

La historia, en apariencia sencilla, presenta un encuentro íntimo entre Joseph Ratzinger (Pepe Sierra) y Jorge Mario Bergoglio (José Guillermo Cortines) en el umbral de un cambio histórico. Pero más que un relato biográfico, lo que se despliega es una conversación sostenida entre extremos: la rigidez y la flexibilidad, el agotamiento y la responsabilidad, el peso del pasado y la incertidumbre del futuro.

Diciembre tiene esa condición extraña de cargar todas las estaciones juntas, todos los estados de ánimo superpuestos: finales y comienzos que conviven sin pedir permiso. Es un mes que, aun sin quererlo, nos obliga a reflexionar. Y mientras pensaba en la obra, recordaba cómo este diciembre llega con conversaciones culturales insospechadamente conectadas: Rosalía publicando un disco inspirado en el arte sacro y en la iconografía de las santas; ese regreso a una sonoridad casi litúrgica. Al mismo tiempo, Pantone anunciando que el color del año será un blanco —ese color que no es color, o que es todos los colores—, símbolo de paz, de silencio, pero también de lienzo: un espacio que recibe lo que se coloque sobre él, que hace destacar cualquier gesto mínimo. Todo eso me rondaba mientras escuchaba a estos dos personajes hablar: la música sacra, el blanco como posibilidad y vacío, la sensación de que el mundo está moviéndose en una frecuencia introspectiva. Y desde ahí, la obra adquiere otra lectura, como si también estuviera dialogando con esa necesidad de detenernos un momento y mirarnos desde un lugar más honesto.

La puesta en escena responde a esa misma búsqueda. El espacio está construido a partir de pantallas de alta resolución que funcionan como páginas de un libro: Castel Gandolfo, la Capilla Sixtina, Buenos Aires, las salas de retiro. Las imágenes se suceden con precisión quirúrgica, sin redundancias, sin ruido. Es un montaje moderno que habla en el lenguaje visual de hoy —rápido, inmersivo, inmediato—, pero que no abandona lo esencial del teatro: el cuerpo, el silencio, la presencia viva.

Y son justamente los cuerpos los que construyen la hondura de esta obra. En Pepe Sierra, lo primero que aparece es el peso: la forma de caminar, lento, arrastrando los pies; la curvatura de la espalda; la cabeza ladeada con esa fragilidad tan reconocible del Benedicto real. No hay artificio en ese cansancio ni caricatura; hay un hombre que ha cargado demasiado durante demasiado tiempo. Esa fragilidad física se convierte en un lenguaje propio, un lenguaje que se completa con los idiomas que Ratzinger maneja en escena: alemán, italiano, latín y español. Sierra no los usa como demostración de virtuosismo, sino como un mapa emocional. En la irritación habla alemán; en la burocracia inevitable de la Iglesia, italiano; en lo doctrinal, latín. Cada lengua señala un estado interno, un modo distinto de habitar el conflicto.

El vestuario —la sotana blanca impecable, rígida, casi inflexible— refuerza esa tensión entre pureza y estructura, entre símbolo y cuerpo. Y el maquillaje de Ana María Andrickson logra algo muy difícil: que no veamos “maquillaje”. Ratzinger no está caracterizado; está vivido. Tiene piel, tiene edad, tiene humanidad. No hay líneas marcadas, no hay artificios visibles: hay tiempo, memoria, desgaste. Andrickson entrega una versión envejecida de estos actores, quienes a fuerza de manerismo y corporalidad logran el parecido de estos personajes.

José Guillermo Cortines, por su parte, desaparece detrás de un Bergoglio profundamente humano. No queda rastro del actor reconocible; lo que emerge es un hombre argentino, jesuita, de calle, que gesticula más, que se mueve con mayor velocidad, que parece encorvarse por costumbre, por vida, por historia. Su corporalidad es ligera, ágil, casi impulsiva en comparación con la de Ratzinger. Y lo más interesante: escucha. La obra está llena de silencios, de momentos donde la palabra se suspende y solo queda el peso de lo que se piensa. En esos silencios, Cortines construye un Bergoglio que mira hacia adelante con una mezcla de incertidumbre y responsabilidad, un hombre que intuye que algo lo reclama aunque él todavía no quiera reconocerlo.

El vestuario del cardenal —más holgado, más flexible— le permite moverse con naturalidad. El maquillaje y el trabajo del cabello completan la transformación: no vemos al actor; vemos a un hombre que, sin saberlo del todo, ya carga sobre sí el rumor del futuro. Esos contrastes —el peso frente a la agilidad, la rigidez frente a la cercanía— son lo que sostienen la pieza completa.

El elenco de apoyo también aporta capas significativas. Elvira Taveras, como la monja que acompaña a Benedicto, demuestra nuevamente su capacidad para transitar entre registros opuestos. Hace apenas unos días era una mujer hiriente, impulsiva y vulgar en Dos viejos pánicos; aquí es una figura cuidadora, disciplinada, tierna. Su personaje pone sobre la mesa la crisis contemporánea de las vocaciones religiosas, la disminución de la vida consagrada, ese vacío espiritual del mundo moderno. Que sea ella quien enuncie eso le da un peso particular. Karina Larrauri, en un rol breve, aparece como un recordatorio de la Argentina atravesada por la dictadura: su presencia confronta a Bergoglio con la memoria de los desaparecidos, con la herida que todavía pulsa debajo de cualquier conversación sobre poder, fe o liderazgo.

A lo largo de la obra, las conversaciones entre ambos personajes se vuelven un espejo de la Iglesia contemporánea: una institución gigantesca enfrentándose a sus contradicciones internas, a los escándalos de abuso sexual, a la malversación, a la burocracia que sofoca, a la dificultad creciente de sostener una fe en un mundo que ya no sabe bien en qué cree. No hay respuestas simples; lo que hay es la honestidad de ver a dos hombres mayores que, desde lugares distintos, se enfrentan al peso imposible de la autoridad espiritual.

Ratzinger transmite la desesperación de quien ha llegado a un límite irreversible. Bergoglio, la resistencia de quien no se siente listo para asumir algo tan grande. Ambos se quiebran. Ambos confiesan sin decirlo del todo. Ambos se miran desde una humanidad que sobrepasa cualquier investidura.

Hay, hacia el final, una transición que me dejó pensando en lo efímero. No es un cierre grandilocuente ni emocionalmente expansivo; más bien, un gesto seco, casi silencioso, que corta la respiración de lo que veníamos siguiendo. Esa manera de concluir —tan abrupta, tan consciente de que todo termina, incluso para quienes creemos inamovibles— provoca una sensación extraña: no un anticlimax, sino un recordatorio de que ningún relato, ni siquiera el de ellos, escapa al paso del tiempo.

A veces pienso que Habemus Papa, más allá de su origen litúrgico, es también una especie de declaración sobre el arte: un “habemus” que no anuncia solo la elección de un líder, sino la persistencia de una voluntad. En un país donde producir arte parece siempre un gesto contra la corriente —por costos, por cansancio, por la idea instalada de que “no se puede”—, aparece una obra como esta y te recuerda que todavía hay elección posible, que todavía existen quienes apuestan por la excelencia sin pedir permiso. Aunque imagino que este montaje ha debido ser costoso, lo que deja al final no es la sensación del gasto, sino la del milagro: que con todo en contra, con tan pocas certezas, el teatro sigue levantándose como si dijera “habemus arte”. Nos recuerda que aún tenemos creadores capaces de encender algo en medio del desgaste general. Y tal vez esa sea la esperanza más discreta pero más real que nos regala esta obra: que mientras haya alguien dispuesto a contar una historia con esta convicción, todavía no todo está perdido, tal y como se sienten aquellos que profesan su fe.

FICHA TÉCNICA

Obra original:
Basada en The Pope de Anthony McCarten

Elenco

José Guillermo Cortines
Papa Francisco

Pepe Sierra
Papa Benedicto

Karina Larrauri
Sor Leticia

Elvira Taveras
Sor Petra

Vic Gómez
Padre Gabriel

Héctor Then
Padre Pablo

Equipo de Producción

Aplausos Presenta
Producción general

Guillermo Cordero
Dirección General y Artística

Yeimy Díaz
Asesoría Escenográfica

José Emilio Bencosme
Adaptación de guion

Aidita Selman / Chips Unlimited
Producción Audiovisual

Divano
Mobiliario

Saúl Molina
Utilería

Ernesto López
Diseño de luces

Manolo Alta Costura
Diseño de vestuario Papas

Patricia Huerta
Diseño de vestuario Monjas

Ana María Andrickson
Caracterización de maquillaje

Carlucy Perrone
Peluquería

Vera Peralta
Diseño gráfico

Rental Vision – Yas Group
Pantallas y Luces

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Henry Coradín
Relaciones públicas

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