CRÍTICA – TEATRO – DOS VIEJOS PÁNICOS

Dos viejos pánicos habla sobre la vejez y la soledad. Y verlo desde este presente tan acelerado, donde vivimos afanados en un día a día que se consume sin darnos cuenta, es un espejo duro. El hoy tropieza con ese mañana por el que uno tanto se afana, sin ninguna certeza de que llegará. Me quedé pensando si eso es lo que realmente nos espera: una vejez atravesada por arrepentimientos. Llegar a esa calle sin salida y verse atrapado en el “yo debí hacer”, “estar”, “tener”, “elegir”.

Fui esperando reírme mucho, imaginando la dinámica de dos viejos cascarrabias diciéndose de todo y simulando morirse cruelmente en manos del otro. Y, sin embargo, la obra me llevó a un lugar más desolador: ¿vivir tanto para esto? Me pregunté si vale la pena eximirse de tantas cosas, comprometer el presente en ese constante “hay que” que nos impone la sociedad, con la única sensación de estar cumpliendo por cumplir.

Me parece valiente elegir una producción como esta en tiempos que van tan rápido, insistiendo en detenernos. Y más aún en un público joven —el que me tocó— riéndose de dos viejos malcriados sin darse cuenta de que todos vamos para allá. Eso es lo lindo del teatro: una expresión que solo existe en el presente. Esta obra mañana no será la misma. La del viernes tampoco lo fue. Hoy tuvo una magia particular que tuve el privilegio de presenciar.

Es una obra retadora, adecuada para dos veteranos en escena, y muy demandante: están constantemente hablando, gritándose, moviéndose en una coreografía del espacio que requiere concentración, precisión y un desgaste físico considerable. Y lo hacen muy bien.

La obra subraya elementos puntuales de la vejez: una pensión que no alcanza, un vaso de leche que es para lo único que da, la soledad que se instala como huésped permanente. La recompensa de toda una vida de trabajo convertida en casi nada.

Y todo esto ocurre en un escenario austero, tanto como su vida. Las paredes están empapeladas con recortes de revistas y periódicos: la obsesión de Tabo por recortar compulsivamente las imágenes de personas y situaciones que quisiera —o quiso— eliminar de su existencia. Dos cajas que simulan sus camas, la mesa, las escaleras, un ataúd que vigila desde un rincón como un recordatorio incómodo. Y el espejo: el gran enemigo. La única conexión con la realidad que no se puede maquillar, inventar ni recrear. Lo que se ve es lo que hay, y lo que refleja es duro. Implacable.

También me parece significativo que Taveras y Amador repitan pareja en escena. Ya habían compartido esa intimidad actoral en El coronel no tiene quien le escriba, otra historia que hablaba de espera, vejez, una pensión que nunca llega y una miseria de solemnidad. Aquí se reencuentran con otro tipo de ruina, otro tipo de desamparo, pero desde una complicidad en escena que se siente vivida. Esos cuerpos ya se conocen: saben dónde quebrarse, dónde sostenerse, dónde empujar.

Y esta obra, además, es una manera ruidosa de hablarnos del presente: del juego de roles que la vida impone, de cómo uno queda atrapado entre lo que eligió y lo que lamenta. Lo irónico es que, a pesar de estar cansados de sus propias decisiones, atrapados en una espera infinita y en una precariedad aún más inacabable, son y no se tienen el uno al otro. Ese es el juego cruel de la vida. Debajo de todo ese ruido, cuando se asienta la polvareda del insulto, hay un cariño —o una costumbre— más fuerte que ellos mismos. El temor de perderse está tan presente como el hambre y el deseo, casi confesado, de desaparecer.

Ahí pensé en Sabina no como elegía amarga, sino como una forma de reivindicar el trayecto. Una vida bien vivida —con sus errores conscientemente cometidos, con sus golpes y sus desvíos— sigue siendo una vida que valió la pena. Esa invitación a vivir sin pedir permiso, a caminar con la certeza de que uno es dueño de su propio recorrido.

Dos viejos pánicos también habla de eso: del derecho a equivocarse, a insistir, a reclamar el presente aunque duela. De aceptar que, debajo del ruido y de la miseria, hay algo que todavía sostiene: la compañía, la costumbre, el miedo a perder al otro… y el deseo secreto de seguir, mientras quede un poco de vida por gastar, como diría Sabina, así seamos tan jóvenes o tan viejos, vivir siempre like a Rolling Stone.

FICHA TÉCNICA

“Dos Viejos Pánicos” del dramaturgo cubano Virgilio Piñera (escrita en 1968),

Producción General:
Dunia De Windt – DW Producciones

Asistencia de Producción y Dirección:
Ericka Martínez

Dirección:
Raúl Martín

Tuta: Elvira Taveras
Tabo: Orestes Amador

Escenografía:
Fidel López – Skene

Diseño de Vestuario:
Raúl Martín

Arreglos Musicales:
Edel Almeida Mompié

Maquillaje – Peluquería:
Warden Brea

Diseño Gráfico – Programa de mano:
Maya Oviedo

Fotografías:
Mike Pasco

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio