Durante años asumimos como natural que la exhibición cinematográfica en República Dominicana era un negocio condenado: salas que cerraban, públicos “insuficientes”, horarios imposibles, los involucrados en el negocio se retiraron y quedamos con una única cadena. Lo aceptamos sin mayor resistencia, como si no existiera alternativa posible. Pero el episodio de Wicked: For Good en Bonao fracturó esa certeza. De pronto, una película sin casa en la capital encontró techo en un cine independiente, y el público hizo lo que parecía improbable: viajó para verla. No fue solo el estreno; fue la revelación de que otro modelo sí es posible.
Cinema Oasis recibe 949 visitantes por semana, 3,795 al mes, con solo tres salas.
Esa cifra debería incomodar cualquier explicación tradicional sobre por qué “la gente no va al cine”. Lo que descubrimos allí no fue un milagro: fue una comunidad encontrándose con un espacio que la reconoce.

Crear audiencia no significa solamente producir películas “para” un gusto particular, sino construir las condiciones para que el público pueda ver su cine en su propio territorio. Y eso es especialmente relevante en un país donde las películas dominicanas nacen de fondos públicos. Ese dinero implica una responsabilidad social: no basta con producir, hay que garantizar que esas obras tengan dónde vivir. El retorno cultural es tan importante como el retorno económico, incluso más.
Pero aquí aparece una paradoja que no podemos evadir: mientras el Estado destina fondos para estimular la producción —fondos que implican una renuncia fiscal y una expectativa de retribución cultural—, la inversión estatal en infraestructura es mínima. Ahí está la Cinemateca Dominicana, aún en una remodelación perenne, atrapada en el ritmo lento de la ejecución de los procesos públicos. A pesar de esto, realiza un trabajo encomiable de preservación y difusión, pero para un mayor alcance necesita más recursos.
Producimos más películas, pero no construimos los espacios donde puedan encontrarse con su público. Por eso hablar de alternativas para nuestro cine no es un gesto romántico: es una necesidad estructural. Si el Estado no sostiene esos espacios, la comunidad los inventa. Cinema Oasis es la prueba.
Y es en Bonao donde vemos con mayor claridad este desacople entre el sistema y la realidad. Allí las películas dominicanas sí encuentran sostenibilidad. No porque sean mejores o peores —eso siempre será subjetivo—, sino porque existe un cine que les permite respirar, estrenarse, permanecer. Los Rechazados movilizó 3,828 espectadores en dos meses. Sanky Panky llevó 1,581 personas. Carlota la más barrial, primer personaje dominicano nacido en redes que llega al cine, estuvo tres meses en cartelera.
Estas cifras nos dicen algo mucho más decisivo: la disposición de una comunidad a ver sus películas cuando existe un espacio que la acompaña. El comportamiento es real, medible y sostenido.
Y luego está el caso de Wicked: for good. 1,107 personas viajaron desde otras provincias para verla en Bonao. Solo 26 eran locales.
Ese dato, por sí solo, explica por qué el modelo actual de exhibición del cine dominicano en el país es insuficiente. La gente se mueve cuando el cine es una experiencia. La geografía no limita a una audiencia cuando se siente convocada.
Nuestra misión debe ser: cómo garantizar que el cine dominicano tenga un público real, fuera del esquema capitalino. Cómo construir una cultura cinematográfica que no dependa únicamente del mercado, sino del tejido social que sostiene cualquier expresión artística.
Los países que admiramos —México, Brasil, Argentina, Cuba— no consolidaron su cine porque ganaran premios internacionales, sino porque lograron algo más profundo: sus películas contaron sus vidas. Sus ciudades, sus tensiones, sus acentos, su humor, sus dolores. Ese espejo genera identidad. La identidad genera interés. Ese interés, eventualmente, genera industria. Por eso queremos viajar a Corea, Brasil o Argentina: porque el cine nos mostró cómo se siente estar allí.
Cinema Oasis, sin pretenderlo, está recordándonos ese principio: la base de cualquier cine vivo es la comunidad. Y la comunidad no se decreta, se construye. Butaca a butaca, conversación a conversación. Ese cine pequeño con salas de 123, 105 y 54 butacas ha sobrevivido a lo que destruyó la experiencia cinematográfica en tantas ciudades del país: la centralización. Tiene 15 años en ese mercado.
Vivimos en un país que pasó de la vida horizontal —el barrio donde todos se conocían— a la vida vertical, rápida, distante, casi anónima. Y el cine, que siempre fue un ritual colectivo, sufre esa misma fragmentación. Recuperar la experiencia de ver películas juntos no es nostalgia: es reconstrucción social.
Lo que ocurre en Bonao demuestra algo esencial: cuando el cine se piensa para su comunidad, esta responde. Y eso es crucial en un país donde las películas se hacen con dinero público. Ese aporte no exige rentabilidad económica, sino responsabilidad cultural: crear espacios donde la gente pueda verse, reconocerse y permanecer.
Si construimos lugares así, el público aparece.
Si no, seguiremos haciendo cine que nadie encuentra.
Cinema Oasis mostró la posibilidad.
Lo urgente ahora es decidir qué haremos con ella.
Las estadísticas mencionadas han sido suministradas por Cinema Oasis.

Productora y conductora del podcast Cinependiente RD.
Miembro fundador de ADOPRESCI.
Dahiana Acosta, forma parte del Colectivo Artístico Cinependiente desde el año 2015, ha sido la productora y editora del programa radial Cineasta Radio (2017-2021) y ahora, del Podcast Cinependiente y editora de su página web. Desde el 2019, es miembro de la ASOCIACIÓN DOMINICANA DE PRENSA y CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA, ADOPRESCI y actualmente es su presidente. Además, coordina junto a Cinemateca Dominicana la programación del Cinefórums que modera ADOPRESCI y participa en el programa radial “12 y 2”, en su segmento de cine de cada jueves. También, ha sido Jurado de la Semana + Corta, Festival Internacional de Cine LGBT+, Santo Domingo OutFest, Festival de Cine Fine Arts,entre otros y ha dado cobertura a los festivales internacionales: Miami Film Festival y New York Film Festival.
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