Hay una paradoja curiosa alrededor de Eduardo Brito: el teatro nacional lleva su nombre, lo repetimos sin pensarlo y, sin embargo, sabemos muy poco de quién fue en realidad. Un tenor, un cantante muy popular, alguien que murió y cuya causa de muerte se conoce casi menos que su carrera. Ese vacío es exactamente lo que la obra Brito, dirigida por Manuel Chapuseaux y montada en la Sala Ravelo del Teatro Nacional, se propone llenar, y lo consigue: uno sale de la sala no solo estando más cerca de la persona que del personaje, sino también conociendo el contexto social, económico y político en el que se desarrolló.
El montaje es dinámico: los actores entran y salen de escena constantemente, y ahí está uno de sus mayores aciertos. Pero si hay algo que le objetaría es el despliegue escenográfico. Es austero, y por momentos se siente que no está a la altura de lo que ofrecen las actuaciones: hay un desnivel entre la fuerza interpretativa del elenco y lo que ocurre a su alrededor en el escenario. El vestuario, en cambio, es impecable —y adecuado para esta obra.
La dramaturgia, firmada por Reynaldo Disla, elige contar la vida de Brito de manera episódica, a través de viñetas que van marcando los años: su primer encuentro con la música, el encuentro con los mecenas que lo impulsaron, el momento en que conoce a Rosa Elena, los picos de éxito, la emigración a España y luego a Francia. Esa elección funciona porque respeta la lógica de una vida contada desde la memoria de otra persona, sin necesidad de una linealidad estricta.
Esas viñetas, además, transcurren en el contexto social real de la época: el campo dominicano y las incipientes ciudades de Santiago y Puerto Plata, pueblos que apenas estaban en ciernes, todavía lejos de ser urbes. Por eso los diálogos son de gente humilde y campesina, con el regionalismo del Cibao marcando el habla, un detalle que coloca la historia en su tiempo y su geografía sin caer en el cliché. Suceden tantas cosas al mismo tiempo que, por momentos, uno desearía que la puesta se detuviera en un solo aspecto; pero es comprensible, porque lo que se está narrando es una vida entera, contada episodio a episodio.
Héctor Aníbal, en el papel protagónico, es un actor que ha construido su carrera entre la música, el teatro y el cine —de hecho, estos mismos días estrena también la película La corta vida de las flores junto a Judith Rodríguez, otra actriz muy connotada del teatro y el cine dominicano—. A Brito le otorga una picardía, una sencillez y la impronta del hombre dominicano de campo: ocurrente y evidentemente talentoso, algo que a Héctor Aníbal parece salirle con naturalidad y que le da una frescura enorme a un personaje que, para la mayoría, sigue siendo un desconocido.

En materia musical y de movimiento, la obra es comedida: apenas hay uno o dos bailes, con pasos sencillos, que aparecen mientras los personajes ensayan algunos números. Héctor Aníbal interpreta los fragmentos de canciones de Brito con una voz melodiosa y cálida; no pretende imitar la técnica del tenor, sino transmitir su calidez, y lo consigue. En contraste, la obra intercala grabaciones reales de la voz de Eduardo Brito, lo que genera un diálogo entre la representación y el archivo que enriquece la experiencia.
Quien realmente carga el peso de la historia es Elvira Taveras, en el papel de Rosa Elena, la esposa de Brito. Es ella quien nos va narrando, en fragmentos, los pasajes importantes de su vida: cómo se conocieron, quién era él antes de ella, cómo se formaban las compañías artísticas de la época, los lugares que visitaron, las obras que montaron —como La Virgen Morena y su exitosa gira por Europa, con estadías en España y Francia—. Lo hace con notable solidez, y en esa dinámica de pareja artística queda claro que era ella quien llevaba las riendas del talento, mientras Brito, como suele ocurrirle a los artistas, pensaba poco en el día a día y en las obligaciones de cada jornada.

Ella también es quien nos lleva hasta el tramo final: la enfermedad de Brito, la sífilis que se manifestó tras una vida disipada en los escenarios, y su posterior internamiento. Es el tramo más denso y dramático de la obra, especialmente para Héctor Aníbal, que interpreta esos pasajes encadenado y con una máscara que denota el rostro desfigurado por la enfermedad.
Hay algo en esos momentos de delirio que me dejó pensando: en pleno desvarío, Brito vocifera contra Trujillo. La obra no resuelve, y yo tampoco sabría resolverlo, si eso es una licencia dramática —el delirio como el único espacio en el que se puede decir lo que la cordura silencia bajo una tiranía— o si de verdad apunta a una postura política de Brito que no es de dominio público. El dato cronológico, sin embargo, no es menor: Brito regresa al país en 1944 y muere en 1946, justo en los años en que la dictadura estaba en su apogeo. Que la obra decida incluir ese gesto, ambiguo y todo, ya es una manera de invitar al espectador a hacerse esa misma pregunta.
Orestes Amador Tiene esa facilidad, propia de su experiencia sobre las tablas, de pasar de la gracia al drama como quien pestañea, y eso convierte sus intervenciones en el alivio cómico —el comic relief— de una historia que, por momentos, se pone densa.
Augusto Feria, otro veterano del elenco que interpreta a varios personajes dentro de la obra —entre ellos Juan González Herrera, Bartolo y Pancho García—, me sorprendió por el tono lúdico que no suele mostrar: acostumbrados a verlo en papeles complejos, verlo jugar con una y otra careta divertida fue una grata sorpresa.
Lidia Ariza, Michelle Cruz y Ernesto Báez son el complemento perfecto en cada interacción de la obra, sosteniendo con solvencia y picardía los momentos en los que participan. De hecho, solo dos actores sostienen un único personaje a lo largo de toda la obra: Brito y su esposa, Rosa Elena; el resto se reparte los roles según la época que se esté tratando, saltando de una a otra con una rapidez que dinamiza la narración y mantiene al espectador cerca. Todo en escena se moviliza gracias a los actores escénicos —Yen Guerrero, Julián Suazo, Erika Martínez y Nathalie Santos—.
Hay un momento particularmente memorable: la proyección de un fragmento de Harmónika, película de 1937 en la que participó el propio Eduardo Brito, cantando junto a dos bailarinas. Yo nunca lo había visto en un registro audiovisual —solo se le escucha cantar a lo largo de toda la obra, nunca se le ve—, y esa imagen real, insertada en medio de lo que hasta entonces era pura representación, le aporta muchísimo a la experiencia. De pronto lo que estábamos imaginando se cruza con lo real, con lo que efectivamente estamos viendo en escena, y eso funciona.

Uno se divierte, además, con las sugerencias y los retratos de esa República Dominicana pueblerina de inicios del siglo XX: las costumbres de pueblo, las grandes vicisitudes económicas que atravesaba la gente humilde, de las que Brito tampoco estuvo exento.
Vale la pena detenerse en lo que cuesta, hoy, sacar adelante una producción artística de este calibre. Muy pocas marcas están dispuestas a apostar por contenido de calidad, y esa reticencia termina empobreciendo nuestro propio relato como país. Por eso el respaldo a Dunia De Windt y DW Producciones, que contra todo pronóstico lograron hacer posible esta obra, merece un reconocimiento explícito: no como cortesía, sino porque es la excepción que debería ser la norma.
Apostar por el teatro es también apostar por que el público dominicano pueda acercarse a figuras fundamentales de nuestro ambiente artístico. Quienes tienen el teatro como lugar de peregrinación, merecen poder hacerlo desde el conocimiento: sabiendo que detrás del nombre en la fachada hubo una vida que se apagó demasiado joven. Partir de ese conocimiento es lo que nos permite apreciar de verdad la vida de alguien tan importante como Eduardo Brito.
Ojalá, Brito, vuelva pronto a las salas. Debería ser, de hecho, una obra itinerante y recurrente en nuestro teatro, al menos un par de veces al año, para que sigamos conociendo la vida de quien lleva el nombre de un lugar tan prestigioso para nosotros.
Y hay algo más que la obra deja, más allá de la sala: la curiosidad. Detrás de Brito hay una investigación propia de Reynaldo Disla, y después de ver la obra a mí me quedan ganas de que esa investigación se convierta también en un libro. Porque la vida de Brito, contada así, entera, es de por sí un argumento: salir de un pueblo de República Dominicana a girar por España y Francia, y hacer cine en esa época, no es un destino que le toque a cualquiera, y merece pasar a la letra impresa tanto como pasó al escenario. Piénsese además en lo que significaba, para la época, ser un barítono caribeño: una voz operística surgida de un entorno musical que era, ante todo, tropical. Ese contraste, contra toda expectativa puesta sobre él, es quizás lo que Héctor Aníbal capta mejor: esa calidez particular que le imprime a la interpretación no es solo un rasgo actoral, es también un homenaje a lo insólito que fue el propio Brito para su tiempo.
FICHA TÉCNICA
- Producción General: Dunia De Windt – DW Producciones.
- Dramaturgia: Reynaldo Disla.
- Dirección: Manuel Chapuseaux.
- Asistencia de Dirección: Canek Denis.
- Asistencia de Producción: Erika Martínez.
- Elenco:
- Héctor Aníbal Estrella — Eduardo Brito.
- Elvira Taveras — Rosa Elena.
- Ernesto Báez — Piro Valerio.
- Augusto Feria — Juan González Herrera, Bartolo, Pancho García.
- Michelle Cruz — La Francesita, Kuki, Monguita.
- Orestes Amador — Kid Chocolate, actor 1, Chispita.
- Lidia Ariza — Monja, la tía y la madre.
- Yen Guerrero & Julián Suazo — Actores escénicos.
- Erika Martínez & Nathalie Santos — Actrices escénicas.
- Regidor / Proyecciones: Bill Gil.
- Escenografía: Liliana Soto.
- Vestuario: Lía Ross y Laura Guerrero.
- Maquillaje y Peluquería: Warden Brea.
- Diseño de afiches y programa de mano: Maya Oviedo.
- Fotografías: Mika Pasco.
- Coreografía: Wyleydy Contreras.

Productora y conductora del podcast Cinependiente RD.
Miembro fundador de ADOPRESCI.
Dahiana Acosta, forma parte del Colectivo Artístico Cinependiente desde el año 2015, ha sido la productora y editora del programa radial Cineasta Radio (2017-2021) y ahora, del Podcast Cinependiente y editora de su página web. Desde el 2019, es miembro de la ASOCIACIÓN DOMINICANA DE PRENSA y CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA, ADOPRESCI y actualmente es su presidente. Además, coordina junto a Cinemateca Dominicana la programación del Cinefórums que modera ADOPRESCI y participa en el programa radial “12 y 2”, en su segmento de cine de cada jueves. También, ha sido Jurado de la Semana + Corta, Festival Internacional de Cine LGBT+, Santo Domingo OutFest, Festival de Cine Fine Arts,entre otros y ha dado cobertura a los festivales internacionales: Miami Film Festival y New York Film Festival.
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