Ver la película más reciente de Pedro Almodóvar —Amarga Navidad— en Madrid es un ejercicio de pertenencia que trasciende lo cinematográfico. Entrar a una sala como la del Cine Renoir predispone el ánimo; no es solo el espacio, es la liturgia de un público que se sienta, mira y reacciona con una familiaridad casi eléctrica. Era un lunes, día del espectador.
Me tomó tiempo decidirme a escribir estas líneas porque salí de la proyección desregulada, entre la emoción de la visita y lo que plantea esta película; una sensación que no terminaba de acomodarse. Allí dentro, el silencio es de un respeto absoluto, una conexión construida durante décadas que convierte cada estreno en una extensión de lo propio. Sin embargo, al cruzar la puerta de salida, la burbuja estalla.


El cine de Almodóvar sigue dividiendo a un país, enfrentándose a esa brecha cultural y económica que lo separa de propuestas más comerciales. En esta ocasión, la reciente entrega de Torrente de Santiago Segura tenía al público al borde de un ataque de nervios. Hay una carga política y financiera que siempre parece condicionar la conversación externa, pero dentro de la oscuridad de la sala, nada de eso importa.
En este ecosistema se exhibe Amarga Navidad. La película sigue a Elsa, una directora de cine de culto interpretada por Bárbara Lennie, que ha encontrado refugio en la publicidad mientras intenta sostenerse en medio de ataques de pánico. En ese tránsito, establece un vínculo cercano con el personaje de Natalia (Milena Smit), una mujer en pleno duelo desbordado y su amiga Patricia (Victoria Luengo) atrapado en un bucle de toxicidad. Ellas se acompañan desde sus propias fracturas. En paralelo, aparece Raúl Rosetti, exitoso director de cine interpretado por Leonardo Sbaraglia, que enfrenta el vacío de la página en blanco mientras intenta dar forma a su próximo proyecto. A su alrededor orbitan otros personajes, como los interpretados por Aitana Sánchez-Gijón y Quim Gutiérrez, que amplían ese mapa emocional donde todos, de alguna manera, lidian con la pérdida, el desgaste y la dificultad de sostenerse.
Resulta inevitable trazar un puente con Dolor y gloria (2019). Hay una insistencia en la figura del autor que se cuestiona a sí mismo. Aunque no estemos ante una autobiografía lineal, el eco de Almodóvar mirándose al espejo es constante: el miedo a no poder estar a la altura de lo ya creado, a extraviarse en el camino hacia lo nuevo.
También hay un gesto muy específico en el personaje del director donde es innegable ese trazo autobiográfico: tomar elementos de la vida de quienes le rodean para transformarlos en materia narrativa. Es un tema que muchos artistas han abordado. Joaquín Sabina, por ejemplo, ha dicho que en estas etapas más domesticadas de su vida ha tenido que apoyarse en las tragedias ajenas para poder escribir su álbum Vinagre y Rosas.
Aquí, sin embargo, la película introduce una fricción: ese entorno se le vuelve en contra. Hay un reclamo, una incomodidad con la exposición, con la sensación de estar siendo utilizados como insumo creativo. Y eso abre una grieta más profunda, porque no solo se cuestiona el proceso, sino el costo emocional de ese proceso.
En ese punto, la película también sugiere algo más inquietante: que volver sobre ciertos temas, sobre ciertos dolores, puede hacerle sentir que está girando en el mismo lugar. No necesariamente por falta de ideas, sino por la naturaleza misma de su universo, por esos vicios ya instalados dentro de su propia filmografía.
Visualmente, el universo es tan reconocible como reconfortante. El uso del rojo sigue siendo el pulso emocional del relato, tiñendo cuerpos y espacios con una tensión que aquí se siente más vinculada a la ansiedad que al deseo. Almodóvar se aleja del kitchs y evoluciona hacia lo exquisito. Pero el verdadero pilar son sus mujeres. Almodóvar recupera a esas figuras complejas y contradictorias que no habitan la fragilidad, sino una resistencia erosionada.
La protagonista, Elsa, se mueve con una contención que incomoda; no busca el estallido dramático, sino retratar el desgaste. A su lado, el director que intenta escribir su guion funciona como un espejo del propio cineasta: el temor a quedar atrapado en su propio lenguaje, a convertirse en una parodia de su estética.
Musicalmente, la película encuentra uno de sus momentos más precisos en la interpretación de “Las simples cosas”, esa herida abierta que Chavela Vargas convirtió en himno. Aquí, en la voz de Amaia, la canción no funciona como acompañamiento, sino como traducción emocional de los personajes. La letra, en este contexto, se vuelve un llamado a estar presentes, a revalorar aquello que damos por sentado, especialmente para unos personajes divididos entre el quiebre del pasado y la incertidumbre del mañana.
Hay algo profundamente almodovariano en ese gesto: la música no ilustra, revela. Y en ese sentido, Chavela es tan parte de su universo como el rojo, como esas mujeres al borde, como ese dolor que nunca termina de decirse del todo.
Y quizá ahí es donde la película se desplaza de una lectura más inmediata. No es tanto un autor desorientado como uno que se está revisando. La película, más que afirmar, pregunta. Hay una insistencia en el cuestionamiento, en abrir grietas más que en cerrarlas. Todos los personajes comparten algo: están sufriendo por una pérdida. La protagonista, en duelo por la muerte de su madre; otro personaje que arrastra la pérdida de un hijo; y ese director que enfrenta una especie de muerte creativa.
En ese sentido, Almodóvar revisita ciertas zonas que han sido esenciales en su cine, pero desde otro lugar. Ya lo ha hecho antes, particularmente en Dolor y gloria, con la infancia, con la figura materna, con la memoria como territorio narrativo. Aquí, sin embargo, la revisión se siente menos evocadora y más inquieta.
Por eso, Amarga Navidad puede leerse como parte de un díptico junto a Dolor y gloria: una conversación entre dos momentos de un mismo autor donde antes había reconciliación y ahora hay pregunta. No es un cierre, es una continuación desde otro estado emocional, uno en que “el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”.
Ficha Técnica
Título original: Amarga Navidad.
Dirección: Pedro Almodóvar.
Guion: Pedro Almodóvar.
País: España.
Año: 2026.
Idioma: Español.
Género: Drama.
Reparto principal:
- Bárbara Lennie.
- Leonardo Sbaraglia.
- Aitana Sánchez-Gijón.
- Victoria Luengo.
- Patrick Criado.
- Milena Smit.
- Quim Gutiérrez.
Fotografía: Pau Esteve Birba.

Productora y conductora del podcast Cinependiente RD.
Miembro fundador de ADOPRESCI.
Dahiana Acosta, forma parte del Colectivo Artístico Cinependiente desde el año 2015, ha sido la productora y editora del programa radial Cineasta Radio (2017-2021) y ahora, del Podcast Cinependiente y editora de su página web. Desde el 2019, es miembro de la ASOCIACIÓN DOMINICANA DE PRENSA y CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA, ADOPRESCI y actualmente es su presidente. Además, coordina junto a Cinemateca Dominicana la programación del Cinefórums que modera ADOPRESCI y participa en el programa radial “12 y 2”, en su segmento de cine de cada jueves. También, ha sido Jurado de la Semana + Corta, Festival Internacional de Cine LGBT+, Santo Domingo OutFest, Festival de Cine Fine Arts,entre otros y ha dado cobertura a los festivales internacionales: Miami Film Festival y New York Film Festival.
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