CRÍTICA – TEATRO: ROJO: EL COLOR DE UNA CAUSA Y DE UNA PREGUNTA INCÓMODA

Hay obras que te reciben con una pregunta y no te la sueltan hasta el final. Rojo, de John Logan, dirigida por Ramón Santana y presentada del 9 al 17 de octubre en la Sala Ravelo del Teatro Nacional, es una de ellas. No señala con el dedo: pone sobre la mesa el oficio del artista, el arte, el poder, el miedo, el éxito y esa resistencia que desarrollamos frente a todo lo que amenaza nuestras certezas.

La obra nos sitúa en el estudio de un artista. El escenario está construido con tanta verdad que se nota que lleva mucho tiempo habitado: lienzos y obras por doquier, la mesa de trabajo, un rincón para lavarse las manos, una pequeña estufa eléctrica. Ahí recibe Rothko, el pintor que encarna Orestes Amador, a quien con el tiempo convertiría en su asistente, Ken, interpretado por Shalim Ortiz-Goico.

La dinámica entre estos dos personajes es la de un maestro y su discípulo, aunque ninguno parece dispuesto a aceptar del todo el lugar que le corresponde en esa relación. Toda la obra es la resistencia de ellos a entregarse a estos roles. Rothko deja claro desde el principio que el lugar de Ken es asistirlo, que él no será su maestro y que Ken no tiene obligación de ser su discípulo. Mientras lo escuchaba pensé: qué iluso. Pretender que alguien con tanta trayectoria no enseñe es como pararse frente a un roble antiguo y pedirle que solo exista, sin saber que él mismo es un paisaje, el hogar de muchas aves y que su sombra nos cobija, aunque no lo pretenda.

Desde la izquierda, Shalim Ortíz-Goico y Orestes Amador en escena en Rojo.

A Rothko le encargan unas pinturas para un restaurante, accede, pero está consciente de que ni ese espacio ni sus comensales están a la altura de su obra: gente que va a consumir y a ser vista, con el arte como decorado. He aquí el gran conflicto que explora la obra.

Es aquí donde Rojo nos expone a todos: a la sociedad que no quiere autocriticarse y vive en la evasión, en el aparentar, donde el éxito casi nunca es cuestión de mérito. Pura banalidad, y en los estratos más bajos incluso algo vital, como si el valor propio dependiera de lo material que se pueda mostrar. En fin, el fronteo.

Esa resistencia inicial entre maestro y discípulo atraviesa toda la obra. De ahí en adelante es una conversación de extremos, y también de identidad. De un lado, un maestro reputado que ha vivido varios tiempos del arte y carga con la frustración de quien lleva demasiado haciendo lo mismo. Orestes Amador lo hace magníficamente, sobre todo cuando Rothko lanza las preguntas que sostienen la obra: ¿quién es esa gente que recibe el arte?, ¿quién se lucra de él?, ¿quién decide qué es arte? ¿Yo? Esto es un oficio del que tengo que vivir. Del otro lado está Ken, el artista que todavía no encuentra su camino: sin cimientos, marcado por la tragedia de su familia, que se debate entre avanzar o quedarse paralizado por el miedo. Empieza sumiso, aprendiendo por el contacto diario, pero poco a poco es quien cuestiona y enfrenta a Rothko con un pensamiento anquilosado y una frustración acomodada.

Rojo es una obra exigente. Los diálogos son largos y complicados, y al comienzo puede ser demasiada información para digerir de golpe: referencias literarias, movimientos artísticos, sus representantes. Más aún para un espectador medio, que llega arrastrando esa necesidad nuestra de evadirnos, de perdernos en el consumo de contenido digital, el mismo que se coló en la función con celulares y alarmas. Pero la obra tiene con qué responderle. Si el diálogo se complica, el color, las luces, la coreografía y hasta el vestuario siguen hablando: ellos empiezan vestidos de trabajo y terminan, los dos, de negro.

El color acompaña todo ese arco, y no es un asunto menor. El gran lienzo en blanco al fondo del escenario funciona a ratos como proyección de los maestros de la pintura de los que se habla durante la obra, y al final será el instrumento del clímax entre estos dos hombres. Muy al principio, la mención del rojo desata en Rothko un descontrol alucinante: el atrevimiento de su asistente, que se siente con el privilegio de hacerle recomendaciones más allá de las instrucciones dadas. Y después de una gran disertación sobre el color y sobre el arte, Rothko invita a Ken a pintar sobre el lienzo en blanco. Terminan cubriéndolo por completo de rojo, en una coreografía de pinceladas que empieza desordenada y en la que terminan danzando, como un solo cuerpo, en completa sincronía. Es una simbología nueva: el fortalecimiento de la relación, sí, pero sobre todo el acercamiento de dos experiencias que venían rozándose desde el principio. Ahí está el clímax.

Está el blanco, que aquí es la nada: no el lienzo listo para recibir color, sino la ausencia de emoción tras los eventos traumáticos de Ken, un dolor tan fuerte que no deja poner otro color encima. Y el negro, el opuesto, sin luz, la muerte, el fin. Nada de esto ocurre solo: la escenografía de Skene Fidel López construye ese estudio habitado, la iluminación de Ernesto López y el video de Elvin Díaz hacen del lienzo pantalla y protagonista, y la coreografía de Rafael Morla se siente en esa danza de pinceladas y de cuerpos.  

De los actores, Orestes Amador es veteranía pura. Este año lo he visto en Brito, y en Mansión Herminia y ahora en Rojo, y como público somos privilegiados de poder tener en el escenario ese despliegue de experiencia. Amador le pone a Rothko la frustración de quien ya lo hizo todo, pero deja asomar grietas, momentos de fragilidad que lo vuelven humano y lo sacan del cliché del artista herido en su ego. Shalim Ortiz-Goico fue la gran sorpresa. Verlo como Ken frente a un maestro como Amador me hizo pensar: qué valiente o qué arriesgado. Debe ser un reto enorme, de esos que uno duda en aceptar. Sale fortalecido, sin duda. Brilla con luz propia y le responde a Rothko con la misma intensidad. Una dupla perfecta entre la experiencia y lo experimental.

El teatro es un arte vivo, que te mueve, que te pone a pensar y te sitúa en el ahora. En una hora y algo, una expresión artística logra que te cuestiones y te replantees tantas cosas. Solo el teatro lo consigue, y por eso hay que salvarlo a toda costa. Más en un tiempo en que cada vez menos marcas apoyan proyectos así y prefieren asociarse a lo viral. Por eso merecen reconocimiento las que respaldaron esta propuesta, que además destina donaciones a una causa específica, Rojo, el color de una causa, a favor de Children International. Apoyar algo que le deja tanto a la sociedad me parece más importante que la visibilidad de lo popular.

Al final, vuelvo a ese roble que no sabe —o no necesita saber— que su sombra cobija a otros. Yo salí de la sala bajo esa sombra, con una pregunta. Rothko pregunta quién decide qué es arte. Yo me quedé con otra: ¿para quién lo hacemos? Mientras el teatro siga provocando preguntas incómodas como esa, seguirá siendo un espacio que necesitamos proteger.

FICHA TÉCNICA

Texto original: JHON LOGAN.
Dirección y Producción General: RAMÓN SANTANA.
Co-Producción y RR.PP: MADELEYN VELÁSQUEZ.
Actuaciones: ORESTES AMADOR, SHALIM ORTIZ – GOICO.
Asistencia de Dirección y Regiduría: ISEN RAVELO.
Encargada de producción y Utilería: MARIA JOSÉ PEÑA.
Asistentes de Producción: RYHAN ABREU, EVA CASADO, ALEJANDRO QUINTERO.
Asistencia de producción / logística: JAVIER ORTIZ.
Asesoría Artística y Decorado: LINDA RODRÍGUEZ / FRINEE, ENRICO CRIVELLI.
Escenografía: SKENE FIDEL LÓPEZ.
Maquillaje y Peinado: PATRY ÁLVAREZ.
Iluminación: ERNESTO LÓPEZ.
Video: LUIS ENRIQUE FIGUEREO.
Musicalización: GIOVANNY M. (TRONIX).
Coreografía: RAFAEL MORLA.
Multimedia: ELVIN DÍAZ.
Diseño de Marca: GERMÁN MACIAS.
Redes Sociales: JENNIFER ORTÍZ.
Redes Sociales: @ROJO.OBRA
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