Crítica – TEATRO: “Los amigos de ellos dos” y La tiranía de la apariencia

Una obra como Los amigos de ellos dos llega en un momento oportuno. Tal vez no he vivido otros tiempos, pero ahora más que nunca ese deseo primigenio de ser aceptados y de pertenecer —que brota desesperadamente en la adolescencia— se ha extendido a nuestra vida adulta. Queremos pertenecer, incluso a grupos que no necesariamente nos corresponden. Porque la integración a una tribu se da cuando compartimos cuestiones esenciales, principios inherentes que nos permiten habitar esos colectivos con naturalidad. Y no se trata solo de amigos: también pasa en el trabajo, en la familia, en las relaciones. Todo está permeado por ese deseo infinito de ser aceptado y reconocido.

Eso nace de una autoestima frágil, de no estar seguros de lo que queremos ni de dónde estamos. En un momento en que las redes sociales nos venden esa vitrina grandiosa del poder exhibirnos, la presión es tener una vida con filtros. Si nuestra vida no encaja en ese estereotipo perfecto y abundante, hacemos lo posible por parecernos a otros, perdiéndonos a nosotros mismos.

En Los amigos de ellos dos, los personajes de Nicolás (Vicente Santos) y Liza (Hony Estrella) se preparan para un encuentro habitual con un grupo de amigos. Por lo que dicen de esos amigos, están en buena posición económica; mientras lo que se gritan de ellos mismos, no tanto. En clave de comedia, con un humor inteligente y bien sostenido, ponen de manifiesto todas sus inseguridades, pero sobre todo el gran vacío que intentan llenar aparentando lo que no son.

Con la dirección de Judith Rodríguez, quien adapta y dominicaniza con precisión cirujana esta obra de Daniel Veronese y Matías del Federico, se percibe desde el inicio que los personajes no pertenecen al lugar donde están. El espacio escénico —un restaurante delimitado por la vacuidad de unas cortinas blancas— funciona como una caja de resonancia. La iluminación narrativa marca el tempo: el rojo actúa como precursor de la tormenta, avisando al público que la risa está por dar paso al golpe de realidad.

El vestuario de Nicolás, impecable y estilizado, nos habla de un hombre que intenta sostener su dignidad desde la estética, pero cuya rigidez física delata el desmoronamiento interno. Por su parte, Liza, atrapada en un traje holgado y zapatos altos, proyecta la imagen de quien no logra hacerse espacio. Ambos actores despliegan veteranía: el registro lúdico de Santos es magnético, mientras que Estrella maneja con precisión los tránsitos de la voz, pasando del tono social superficial a la rotura emocional del desenlace.

Durante toda la obra vemos a estos dos personajes completamente evadidos de su realidad, angustiados por todo lo que les falta y perdidos en la incapacidad de apreciar lo que han logrado. Reconocernos desde la escasez es un gesto inútil y cruel. Nuestros privilegios son nuestros logros, nuestras pequeñas victorias: el primer carro, la primera casa, el primer aire acondicionado. Son conquistas hechas a puro trabajo; anhelos respondidos que hoy damos por sentado. Pero si estamos empeñados en tener el carro del año y el último celular, el mañana nos secuestra el hoy. Vivimos apresurados por un futuro y nunca habitamos el presente.

Apreciar. Dar las gracias. Valorarnos en nuestra circunstancia, la que nos tocó. Aferrarnos a esa cosa tan dominicana de vacilarnos el problema, no como evasión, sino como forma de fluir. Porque lograr cualquier cosa en una sociedad como esta es, de por sí, una victoria. Llegar a tiempo. Pagar la luz sin descalabrarse. Comprarte el quesito que te gusta. Son pequeñas cosas que construyen un día a día más llevadero.

Esta propuesta, que me recuerda a piezas como Finlandia  y La Mujer Puerca por la asociación artística entre Santos y Rodríguez, entienden muy bien nuestra identidad. Como dominicanos, usamos el ruido —el colmadón, la verborrea— como mecanismo de evasión. El silencio nos incomoda porque nos obliga a procesar lo que sentimos. Por eso el teatro nos confronta tanto: nos priva de ese volumen protector. En Los amigos de ellos dos, el estallido emocional no es gratuito; es el resultado de años acumulando lo que no se dijo. El “elefante en el cuarto” crece cuando se evade, hasta que solo el grito parece devolvernos la capacidad de escucharnos.

Durante una hora el ritmo no baja. Reímos. Pero cuando la tensión explota y se dicen las cosas que llevan años acumulándose, ocurre la caída de los espejos. Se rompen las caretas. Se quitan los disfraces. Hacia afuera construyeron una ficción; incluso entre ellos se distanciaron de aquello que en algún momento los unió. Pero cuando todo se pone en contexto, la obra recuerda qué es lo verdaderamente importante. En lo esencial —en su hija, en lo que sí construyeron con verdad— dieron lo mejor de su esencia. Y eso no era fachada.

Tal vez por eso, después de la explosión, lo que queda no es vacío sino posibilidad. Algo parecido a ese It’s a new dawn, it’s a new day…” que canta Nina Simone en Feeling Good y que cierra con broche de oro esta montaña rusa de emociones. No como celebración ingenua, sino como consecuencia de haber atravesado el estruendo. Cuando ya no hay máscaras que sostener, comenzar de nuevo no es un gesto romántico: es una necesidad. Porque lo otro sería demasiado triste. Y no habría valido la pena.

Respecto al teatro, siempre tendré que decir lo mismo: nunca decepciona. Son los magos de las oportunidades. Hony Estrella e Ismael Almonte, productores de esta pieza, bien podrían empezar a llamarse ‘ingenieros de lo posible’.

En un contexto donde la cultura suele recibir tantos ‘no’, ellos han sabido construir este maravilloso ‘sí’, y subvertir la experiencia teatral no solo con una antesala desplegada con exquisito cuidado de la mano de Ron Punta Cana, Ciano Gourmet y Bombos y Platillos.  Sino que también incluyeron traducción simultanea en Lengua de Señas Dominicana (LSD), primera obra en ofrecer esta accesibilidad en la Sala Ravelo del Teatro Nacional.

Desde la izquierda, la directora Judith Rodríguez, Vicente Santos, Hony Estrella e Ismael Almonte.

Continua del 20 al 22 de febrero en la Sala Ravelo del Teatro Nacional.

FICHA TÉCNICA  

  • Título: Los amigos de ellos dos
  • Autores: Daniel Veronese y Matías del Federico
  • Dirección y adaptación: Judith Rodríguez
  • Elenco / Protagonistas: Hony Estrella (Liza) y Vicente Santos (Nicolás)
  • Producción general: Hony Estrella e Ismael Almonte
  • Asistencia de dirección: Maryhelen Ferreiras
  • Dirección de escenografía / Escenografía: Ángela Bernal
  • Diseño de luces: Alicia Tactuk
  • Dirección de vestuario: Ángela Luna
  • Musicalización: José Andrés Molina
  • Asistencia de producción: Noris Ortiz y Reina Leonela
  • Relaciones públicas: Kenny Váldez
  • Dirección de línea gráfica y publicidad: Duv Agency

Temporada, lugar y accesibilidad

  • Lugar: Sala Ravelo, Teatro Nacional Eduardo Brito (Santo Domingo)
  • Fechas: del 13 al 22 de febrero de 2026

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